Mil caballos a todo galope y enredados en una polvareda espesa contribuyeron
a que el nombre de Carmen de Patagones adquiriera presencia en los manuales y no
fuera succionado por la alcantarilla de los olvidos históricos. Los caballos
templaron sus relinchos acá o salieron de acá o algo recordable, sea lo que sea,
protagonizaron acá, justo sobre esta loma que infla una modesta joroba frente a
la ciudad. En el centro de la joroba, un monolito colorado y mocho recuerda la
gesta equina y, cuando el sol se apaga, es el silencioso y perfecto acompañante
para los adolescentes maragatos que trepan a gritarle sus silencios a la noche,
a romper botellas a pedradas, a escribir graffitis de aburrimiento y de muerte,
o a frotarse tenazmente los cuerpos mientras, abajo, el río Negro arrastra las
últimas estrellas hasta el Atlántico. Un aerosol violeta de pulso desprolijo
escribió sobre el monolito tres nombres y una promesa. Federico. Sandra.
Evangelina. Por siempre en nuestros corazones.
Carmen de Patagones es una
pecera pequeña. A diferencia de otros pueblos apurados por terminar el
bachillerato que los gradúe de ciudades, ésta, que es la habitación más austral
de la provincia de Buenos Aires, ya tiene más de 20 mil cabezas, pero disfruta
remoloneando sobre sus sábanas de pueblo chico. Una banda de perros sin dueño
bosteza en los canteros de la plaza, media docena de jubiladas se baten a duelo
de rosarios cada mañana en el primer banco de la iglesia y las casas se empujan
unas contra otras hasta que consiguen desbarrancarse hacia el río en un barrio
de rejas coloniales y tejados con 200 años de resistencia. Esta ciudad-pueblo
vivía satisfecha con su millar de caballos que le regaló la victoria sobre una
avanzada de invasores brasileños en 1827, y con el festival de marzo que la
conmemora, una de esas bacanales rebosantes de corderos a la llama y chacareras.
Como cualquier otro lugar pequeño, Carmen de Patagones no estaba preparado para
lo que le ocurrió hace casi un mes, cuando la primavera todavía olía a cosa
nueva pero quebró su ala el martes 28 de setiembre con las primeras luces de la
mañana.
7.15 AM
La escuela de enseñanza media Malvinas Argentinas
es un edificio apenas gastado por siete años de uso, levantado a unas ocho
cuadras de la plaza central de Carmen de Patagones, a la que concurren 777
chicos. Por fuera está cubierta con graffitis y murales que repiten los mismos
tres nombres y, por dentro, con afiches llenos de frases sentimentales. Cada
palabra, cada dibujo colgado en la pared remite a aquel momento en que Junior,
con sus 15 años y todo su mutismo a cuestas, llegó, a las 7.15, con anchos
pantalones negros, zapatillas del mismo color, un camperón verde con largas
mangas que le ocultaban las manos y, abajo, una remera con la cara del rockero
Marilyn Manson. Varios se le burlaron apenas lo vieron y él siguió derecho hasta
el baño, donde se quedó largos minutos. Después, las primeras estudiantes que
llegaron al aula y encendieron la luz, lo descubrieron cuando charlaba en la
oscuridad con su único amigo del grupo, Dante. En la fila, otros compañeros se
le siguieron riendo; no era el primer año que le pasaba. Cuando el curso entró
al aula, Junior esperó que ingresaran todos y se paró al frente, cerca de la
puerta. Nadie podría escapar. Había cargado la pistola nueve milímetros de su
padre, prefecto empleado del museo local de la Prefectura Naval Argentina. Tenía
llenos otros dos cargadores que hacían un total de 34 balas, y también un
cuchillo, por si el poder de fuego no era suficiente. Sus compañeros sólo eran
29, pero ese día faltó uno y otros seis todavía no llegaban. Le sobrarían balas.
Los que estaban en las filas delanteras terminándose de saludar y acomodando sus
cosas mientras esperaban al profesor de derechos humanos, lo habrían escuchado
decir: “Hoy va a ser un gran día”. Para entonces ya había sacado la pistola. La
sujetó con una sola mano mientras giraba lentamente el brazo de derecha a
izquierda, de izquierda a derecha, con firmeza, gatillando con ritmo, siempre
apuntando entre el cuello y la cintura, sin perseguir especialmente a alguno de
sus blancos. La mayoría de sus compañeros no reaccionó y pensó que Junior tenía
en la mano un arma de juguete, pese a que veía caer a los que eran alcanzados
por las balas. Su amigo Dante permanecía a su lado, mirando. Los demás
comenzaron a refugiarse bajo los pupitres. Uno de ellos, Pablo Saldías, se
abalanzó sobre Junior y recibió cuatro disparos. Cuando terminó el primer
cargador, con mano experta Junior cargó el segundo pero la pistola se trabó.
Salió al pasillo, dejó caer la cara sobre el pecho, se derrumbó arrodillado y se
agarró la cabeza mientras centenares de estudiantes corrían desesperados en el
patio. En menos de una hora Junior viajaba rumbo a Bahía Blanca en un vehículo
policial y hasta que se lo dijo la jueza no supo que, tendidos en el suelo del
aula, había dejado tres muertos y cuatro heridos graves. Ya se había convertido
en el primer “asesino escolar masivo” de la Argentina.
Sonrisa de
playa
Todavía hoy, quienes ubicaban a Junior desde hace tiempo, no
encuentran explicación. Adriana Goicochea, la joven directora, repite la
respuesta que se ha cansado de dar a los medios: “Jamás fue un chico violento.
Era, sí, alguien muy tímido y retraído, a quien le costaba tener amigos. A los
padres los citamos varias veces y sugerimos tratamiento psicológico. Cada vez
que los llamamos, vinieron, eran personas receptivas”. Marisa, la mamá de
Federico Ponce, uno de los chicos asesinados, conocía a Junior hacía tiempo,
porque fue compañero de su hijo el año pasado y viajaron juntos de viaje de
egresados a Las Grutas. Sostiene en sus manos una foto del grupo, en la que
todos sonríen para la cámara menos Junior, que detrás de su rostro café con
leche y rasgos afilados parece cargar el convencimiento de que nada tiene por
hacer ahí. “Nunca se integró al grupo”, dice Marisa. En el humilde barrio 99
Viviendas donde vivía Junior –calles de tierra, jardines con lavandas, autos
abollados–, los vecinos reiteran sus muecas llenas de interrogación y afirman,
al igual que hacen en la escuela, que Junior tenía muy buenas calificaciones y
era buen alumno. “Jamás lo imaginamos. Se pasaba el día jugando al fútbol en la
calle con su hermano. Era un pibe normal y pacífico”, dice Alberto Mela,
habitante de la casa de al lado.
La reja del portón de la vivienda de
Junior tiene el escudo de Boca, club del que eran fanáticos él, su padre y
varias de sus víctimas, sin que a nadie se le haya ocurrido culpar al fútbol o a
Mauricio Macri por la tragedia, como ya lo han hecho con los cantantes que
escuchaba Junior, si bien es sabido que la disciplina deportiva tiene en
Argentina antecedentes mucho más letales que cualquier género musical. La tumba
de Federico está completamente pintada de azul y oro, estrellas incluidas. Los
discos que escuchaba Junior cantaban:
Querido Dios / El cielo es tan azul
/como una herida de bala.
Marilyn Manson, la estrella estadounidense de
rock, que tomó su nombre de la diva cinematográfica y su apellido del asesino
Charles Manson, fascinaba a Junior, el único de su clase –junto con Dante– que
no iba a bailar a Cocoa, el cumbiódromo de Viedma, la ciudad que se levanta al
otro lado del río.
Junior y su amigo Dante compartían pupitre, en el que
escribían frases sobre el suicidio, la falta de sentido de la vida, la
hipocresía del cosmos y todas esas cuestiones que cualquiera está habilitado a
develar a los 13 años, las más de las veces sin consecuencias que puedan
convertirse en títulos de los noticieros.
Junior ahora está preso cerca
de Bahía Blanca, en Ingeniero White, acompañado por su familia, en una
dependencia de la Prefectura, la misma institución estatal a la que le usó la
pistola con la que mató a sus compañeros. Las autoridades de Prefectura
defendieron a Rafael, el padre que lleva el mismo nombre que Junior, y todavía
no han terminado el sumario que busca determinar qué responsabilidad tuvo al
haber dejado el arma a disposición del mayor de sus hijos.
Polvareda
Dante volvió a la escuela junto al resto del curso el
último martes, pero su presencia no era unánimemente bienvenida. Por lo menos
seis familias plantearon que iban a sacar a sus hijos si Dante no se iba. El
jueves, finalmente, Dante se fue con su familia.
Las cosas no están
fáciles para el curso que sufrió los disparos. Luego de tres semanas sin clases
volvieron, a otra aula, acompañados por un equipo de psicólogos. Sólo dos días
les bastaron a varios de los chicos para darse cuenta de que no soportan la
presión de esa compañía. Tres padres nos dijeron que quieren que los psicólogos
se vayan ya. El padre de Alejandro, otro de los chicos, ya decidió que no lo
enviará más a esa escuela, debido a las crisis de llanto que lo afectan, e
inició juicio al Estado bonaerense por abandono de persona, debido a que el aula
estaba sin docente cuando ocurrió la balacera. Pablo Saldías duerme en la misma
habitación que sus padres, se despierta llorando y aún le resta un mes de
recuperación. Durante la semana que pasó hubo reuniones diarias entre los
familiares, los terapeutas, las autoridades de la escuela, para ver cómo seguir
la historia. El miércoles a la tarde un alumno de otro curso fue armado con un
puñal a la misma escuela. El martes la rotura de un vidrio debido a un pelotazo
provocó escenas de pánico. El jueves una alumna vio la sangre que otro chico
había escupido en el patio y sufrió una crisis de nervios. El martes a la
mañana, una olla que humeaba en un departamento del centro motivó la actuación
de bomberos y, su sirena, dejó tiritando a miles que volvieron a revivir la
angustia. “Para las proporciones de este pueblo, lo que pasó fue como el
atentado a la Amia”, resumió Javier Cambarieri, corresponsal local del diario
bahiense La Nueva Provincia.
Son otros los caballos que esta vez fijaron
el nombre del pueblo. Igual, Carmen de Patagones deberá esperar bastante tiempo
para que la polvareda se disipe. La primavera todavía tiene un resto largo.
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